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HABLEMOS DE LO TREMENDAMENTE RIDÍCULOS QUE SOMOS

Natalia SarroNatalia Sarro

La escritora Agatha Christie decía:

“solo cuando ves a las personas en su versión más ridícula, es cuando te das cuenta de cuánto las amás”.

Si ves a tus hijos o sobrinos a los tumbos en sus intentos por caminar, o llenándose la carita de puré en la lucha por embocar sus primeras cucharadas, o si los ves bailando a ritmo frenético y desarticulado frente a la pantalla cuando pasan su película favorita de Disney… en cualquiera de esos casos, ¿dirías que son unos imbéciles o unos inadaptados? CLARO QUE NO.
Los entendemos. Los acompañamos. Les enseñamos con paciencia infinita. Sabemos que están absorbiendo un mundo nuevo y complejo, y es esperable la imperfección, la suciedad, los moretones. Sabemos bien que se van a raspar las rodillas. Nos quedamos cerca, queriéndolos tanto.
Entonces si cuando un niño hace cosas ridículas nos da ternura, explicame ¿qué pasa cuando vos mismo hacés algo ridículo? ¿Qué paciencia te tenés cuando tambaleás ante un hombre o una mujer que no te ama y lo/a llamás igual? ¿Cuánto te acompañás a vos mismo en tus intentos fallidos de tener esa charla pendiente, de cambiar de trabajo de una buena vez, de salir de viaje o de dejar el pucho?
Si pudieras tratarte a vos mismo con un gramo de la empatía con que le hablás a la gente que amás, ¿cuántos dolores podrías ahorrarte? ¿Cuánto mas fácil te resultaría volar hasta las nubes si te dejaras tranquilo?
Es tiempo de volver a la ternura. De dejar el auto-bullying. Es tiempo de amar nuestra inconsistencia, nuestra ridiculez, nuestras obsesiones, nuestros duelos no duelados, nuestros miedos sin motivo, las palabras no dichas a nuestros muertos y a nuestros vivos, nuestra ansiedad desmesurada, nuestra falta de coraje cuando todo dice: “saltá”. Es hora de amar las cucharadas erradas, las rodillas que sangran, los trabajos que perdiste, las mudanzas desprolijas. Es hora de amar esa parte nuestra que no siempre nos cuida, que nos sobreexige, que nos agobia y critica, que nos boxea sin piedad, que nos arrincona contra la pared cuando habitamos la noche del alma. Es hora de bancar, apoyar, abrazar y alentar a esa parte de nosotros que no tiene ni idea cómo se hace para estar vivo, pero que lo está intentando. Que nunca, nunca nos dejó solos. Que está remando con una fuerza admirable, que hace equilibrio en la bicicleta destartalada, que se quita el polvo, se acomoda la camisa arrugada y vuelve a salir a la cancha, dolorido pero esperanzado, con una palma dulce en tu hombro.
Es hora de amarnos desesperados, errados, rotos, brillantes y complejos como somos. Niños grandes aprendiendo, como siempre seremos.

Si vamos a hablar de San Valentin, de cupidos y corazones, está prohibido no hablar de vos. De esta carencia absoluta de amor por la persona que insistís en dejar para después. La que te acompaña desde el primer suspiro de los pulmones. La que NO se va a ir hasta el último minuto de este desquiciado y bellísimo viaje.

Si vamos a hablar de cosas tremendamente ridículas, entonces hablemos de lo ridículo de seguir renunciando a la ternura por nosotros mismos.

Ahora sí… Feliz San Valentin.

Naty Sarro
www.inspiramundo.com
Coaching, Escritura, Pasión y trabajo

Licenciada en Psicología. Coach de Pasión, Carrera & Creatividad. Escritora Nómada. Contacto: natalia@inspiramundo.com

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