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LA MENTIRA DE LOS ESCRITORES

Natalia SarroNatalia Sarro

¿Dónde escondiste tu musa? ¿Cuándo son literatura tus pobres palabras?
Dice Stephen Nachmanovitch que basta.
Que no sigamos empecinados con la horrible obsesión por la originalidad
Que si vas a pintar, mejor que inventes un cuadro único en su especie.
Que si vas a escribir, Borges y Galeano deberían levantarse de la tumba para preguntarte cómo lo hiciste. Que no, que esa metáfora brillante a ellos nunca se les hubiera ocurrido.
Basta de herirnos con certezas putrefactas. Como cuando nos creemos que si no somos artistas de puta madre, mejor que no seamos nada.
¿Saben qué? Algo me dice que entendimos mal a la pobre musa, muchachos.
¿Y si ser buenos escritores nunca significó decir cosas maravillosas o impecables?
¿Y si tampoco se trata de escribir la otra Rayuela que no llegó a publicar Cortázar?
*
Quizás, escribir sea un juego aterradoramente simple. Si me apurás, escribir se parece más bien a confesiones crudas. A verdades que viajan, como flechas infectadas, al corazón blando del lector. Y después hay que amarlo así al pobre, y verlo cómo lee y sangra, herido de poesía.
La literatura, cuando nace de los huesos, se convierte en un perro furioso que muerde. Un veneno que escupimos para salvarnos.
Escribir es el tumor necesario para recordarte que sí, que aún tenés vida y oxígeno tiritando en las venas. Es sentir la poesía salvaje en la boca, en el pecho, en las manos fracturadas de luchar contra los demonios que nunca escribiste.

Escribir es entrar a las fauces del león, solo y desnudo. Tus única armas: un corazón y la palabra.

En una de esas, eso será escribir, ahora que lo pienso. Un hábil truco de la memoria para recordar quién eras cuando no eras absolutamente nadie.
Cuando a tus 8 años, sentado en el piso y al borde del viejo tocadiscos, te fascinaba enumerar las eternidades que duraba una pausa en la voz de un dragón o un príncipe valiente.
Cuando eras, igualito que ahora, un tipo vulnerable, dudoso, con caspa o con miedo. Cuando escribir no era un trofeo ni un trabajo, sino el antídoto que tragaste de chico tantas, pero tantas noches. La hoja en blanco: ese trozo de madera al que te aferraste, lleno de esperanzas, para no naufragar en tu propia niñez.
*
Volvamos. Volvamos sobre esas odiosas mentiras de los escritores pulcros.
Si vamos a escribir, digamos desde el hueso sutil, desde el rincón sucio e impecable del artista que no le pide nada al instante. Porque las letras no viven en el tiempo, sino en el abrazo.
Les ruego que no. Que no seamos buenos escritores, si eso va a significar la parálisis de la voz o la vergüenza corrosiva a ser leídos.
Los escritores perfectos aburren tremendamente, como un discurso político o como un amor posible.
Por favor, escribamos heridos, mareados, y si hace falta, al borde del abismo.
Elevemos una poesía al hombre y a la mujer que ya fuimos. Al que nunca seremos.
Escribamos, por sobre todo, para seguir siendo total y originalmente nosotros mismos.

Licenciada en Psicología. Coach de Pasión, Carrera & Creatividad. Escritora Nómada. Contacto: natalia@inspiramundo.com

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